Autor: David Gómez de Miguel
Abogado, socio en «López & Gómez Abogados»
Asociado de Fedelhorce

John D. Rockefeller (1839-1937) es el paradigma de sueño americano -y de cualquier emprendedor que se precie-: hijo de emigrantes alemanes de clase humilde, quien partiendo de cero, con mucho esfuerzo y bajo su innato talento, astucia y visión para los negocios e inversiones forjó una de las mayores fortunas del mundo.

 

Una conversación que lo cambió todo

Se cuenta que nuestro personaje, cada vez que tenía ocasión, conversaba con cualquier persona sobre los más variopintos temas que le pudieran suscitar interés.
Un buen día, tras solicitar los servicios de un limpiabotas, se quedó sumamente sorprendido cuando aquél, mientras realizaba afanosamente su trabajo, entabló una conversación, con una pretendida base argumental referente a inversiones y estrategias bursátiles.
Tras dicho coloquio, Rockefeller comprendió que era momento de vender inmediatamente todas sus acciones y retirarse del mercado de valores, pues sospechaba que algo nefasto se estaba fraguando. Y en efecto, no se equivocó, poco tiempo después aconteció el desastroso crac bursátil de 1929.

 

«Cuando hasta tu limpiabotas invierte en bolsa…»

Si bien tras aquel episodio se le atribuyó la máxima que reza que «cuando hasta tu limpiabotas invierte en bolsa, es momento de retirarse», no nos debemos referir a prejuicios de clase social, sino que tiene otra lectura:
• En primer lugar, se cuenta que Rockefeller procuraba estar informado sobre la actualidad del momento con el objeto de poder tomar las oportunas decisiones empresariales. De este modo, dedujo que el mercado bursátil, caracterizado por su especialización y complejidad, se había popularizado en exceso con inversionistas que operaban sin la experiencia y conocimientos debidos. En consecuencia, daba igual que estos fueran limpiabotas, comerciantes o académicos, pues no estaban versados en el sector y, por consiguiente, sus inversiones serían volubles e inestables.

• En segundo lugar, acertó a determinar que, como todo ciclo económico, se encontraba ante una burbuja que estaba a punto de estallar. En consecuencia, supo que era el momento de controlar sus inversiones y, para ello era preciso vender a buen precio todas las acciones posibles antes del inminente desplome de su valor.

 

La moraleja

Esta alegoría es extrapolable a cualquier sector económico. Así, se representa a dos agentes económicos: al experto y al neófito, los cuales en interactúan en un mercado concreto. El primero tiene un amplio conocimiento del medio en el que se desenvuelve y, por consiguiente, sabe invertir y controlar las pérdidas, tomando sus decisiones en el momento preciso; en cambio, el segundo realiza sus operaciones al socaire de experiencias e informaciones sesgadas de terceros. Estos últimos tomarán sus decisiones llevadas por el pánico o la euforia ocasionadas por las erróneas expectativas que presente el mercado, provocando el correspondiente crecimiento y crisis del sector.
Es por ello que debemos recordar la crisis inmobiliaria que se inició en el año 2007 en la cual no fueron pocos los que, sin el debido análisis de su acción de negocio, se convirtieron en promotores y construcciones inmobiliarios, provocando un desequilibrio de la oferta y demanda, así como de los precios que finalmente desembocó en la una crisis bancaria derivada de los productos hipotecarios.
Igualmente, esta crisis ha vuelto a repercutir recientemente en el sector de las criptomonedas, especialmente en el bitcoin, pues si bien mantuvieron un valor bastante alto durante un tiempo, su falta de regularización y control por organismos oficiales y el exceso de especulación han ocasionado una falta de confianza en su desarrollo como moneda dando lugar a su hundimiento.
Es por ello que antes de emprender cualquier acción es necesario estudiar exhaustivamente el sector en el que pretendamos desenvolvernos para así, crear un modelo de negocio o inversión adecuado.

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